lunes, 16 de noviembre de 2015

4. Lurigancho


Había abandonado la carceleta del Poder Judicial, presumo que a eso de las tres o cuatro de la tarde, aunque no tenía idea de la hora que era, pues el par de técnicos del INPE a quienes se lo había preguntado me había ignorado, como si yo no existiera.  Aprendería luego, día a día, cómo muchas personas que acceden a pequeñas cuotas de poder abusan de él, en especial cuando saben que este abuso no puede ser respondido.  Me encargaré, en su momento, de dar a conocer algunas situaciones y, sí, también algunos nombres, pues el argumento de “no tienen pruebas” que esgrimió uno de los alcaides puede ser respondido —recién ahora— con el de “tengo testigos”… y varios de ellos ya están en la calle.


Por las ventanillas de la puerta trasera de la “ambulancia” —como conocían al vehículo que me trasladaba—, casi unas rendijas, podía ver por momentos la parte superior de los postes de luz y, a ratos, alguna señal de tránsito. Trataba de identificar por dónde estábamos, pero era complicado, pues ni postes ni señales tienen nada de particular. Podíamos estar circulando por cualquier parte.

El homosexual detenido por robo y el estibador acusado de homicidio sudaban profusamente, más que yo, ya que ellos cargaban sus frazadas sobre los hombros y la “ambulancia” era un horno. Cuando uno está esposado es imposible quitarse una chaqueta o sacarse una frazada de encima. El policía, también golpeado por el calor, dejó de prestarnos atención. Yo seguía mirando fijamente el pedacito de exterior.

—¡La avenida Abancay…! —me dije, al reconocer la parte superior de la Biblioteca Nacional—. Entonces, para ir a Ancón, debemos doblar hacia la izquierda para tomar la Circunvalación e irnos hacia el norte.

Así lo hizo la “ambulancia”, pero al rato dobló a la derecha, luego a la izquierda, después a la derecha, y así varias veces hasta que me desorienté por completo. No pude volver a ver nada familiar, hasta que una hora más tarde sentí que el vehículo abandonaba el camino de asfalto y bajaba la velocidad hasta detenerse. Oí un portón que se abría y sentí que avanzábamos unos metros más, hasta que nos detuvimos. El chofer apagó el motor y alguien de afuera abrió la puerta trasera.

Aún era de día. Vi muchos policías por todas partes.  Al homosexual lo sacaron casi a rastras y lo trasladaron a un vehículo parecido al que nos trajo, que esperaba a unos metros, con la puerta trasera abierta. A mí y al estibador nos metieron por una puerta pequeña, hasta una sala en donde había más policías. El que nos había llevado nos quitó las esposas, intercambió algunas palabras con otro y se fue. El que nos recibió nos dijo: “¡Síganme!” y nos condujo por un corredor largo que al final doblaba hacia la izquierda.  Allí, al final del corredor, a mano derecha, había una habitación de unos cuatro metros por cuatro metros, en cuya parte frontal, totalmente enrejada, de lado a lado y de piso a techo, había una pequeña puerta, también de rejas.  Nos metió allí, corrió el cerrojo con fuerza, echó el candado y se fue.

—Esto no puede ser Ancón —me dije—. ¿A dónde carajo me han traído?

La celda —porque no era otra cosa, sino una— tenía un baño en una de sus esquinas: un agujero en el piso con dos apoyos para los pies y un tubo roto en la pared por el que discurría constantemente un chorrito de agua. No tenía puerta y la pared lateral, que separaba al baño del ambiente grande, no medía más de un metro, es decir que quien hiciese sus necesidades tenía que hacerlas a la vista de todos. En la parte opuesta a la reja había un banco de cemento a todo lo largo de la pared. Bolsas plásticas sucias en el suelo, huesos de pollo por doquier, envases y vasos de plástico tirados, puchos de cigarrillos, platinas y algunas botellas de gaseosa completaban la lúgubre imagen. Me senté en el lugar menos sucio que pude encontrar en la banca, cuando en eso entraron dos policías.

—¡AQUÍ ESTÁS, CONCHA TU MADRE! —escuché gritar a uno de ellos—. ¡PONTE A HACER PLANCHAS, CARAJO!

Los miré, confundido, hasta que me di cuenta de que no se dirigían a mí sino al estibador.

—Este es el que mató al colega —dijo el que había gritado.

—Ya se jodió, entonces —respondió el otro.

El castigo duró unos cinco minutos. Yo seguía sentado en el rincón y los policías ni me miraban. Luego dieron media vuelta y se fueron.  El estibador se detuvo, se puso de pie y me miró.

—¿Mataste un tombo, compadre? —le pregunté cuando se cruzaron nuestras miradas.

—Se han confundido —me dijo—. A mí me han acusado de matar a un pescador, pero no hice ni mierda, yo estaba en otro lugar. Tengo testigos.

Una de las cosas que aprendí fue a no juzgar (alguien, en la carceleta, me había dicho que los delitos se quedaban afuera y que adentro todos éramos iguales).  El estibador parecía un buen tipo, de semblante tranquilo y de unos treinta años.  Estaba muy preocupado, porque era padre viudo de una niña de cinco años que, cuando él trabajaba, quedaba al cuidado de su anciana madre, también viuda. No sabía qué iba a pasar, pues él era el único sustento de su hija y su madre.

No tenía nada que hacer sino esperar y, para matar la angustia, tomé una de las bolsas plásticas y comencé a echar en ella los desperdicios. Casi de inmediato, para mi sorpresa, el estibador siguió mi ejemplo.  Al rato habíamos limpiado la celda y dejado al lado del baño tres bolsas anudadas llenas de basura. Me sentí un poco mejor y volví a sentarme.

A la media hora, un policía abrió la puerta de la celda e ingresaron dos personas más, de unos cincuenta años, sonrientes, relajadas, con camisa de manga larga, jeans y zapatillas.  Cuando se fue, uno sacó un cigarrillo y comenzó a conversar con el otro, despreocupadamente.  Al rato llegaron tres más, también bien vestidos, aunque más jóvenes.  Al verse con los primeros dos, se abrazaron y saludaron efusivamente, todos con todos, como viejos camaradas. Fui al baño, oriné, me acerqué a la puerta, esperé que pasara un policía, llamé su atención y le pregunté en voz baja en dónde estábamos.

—Lurigancho pues—me dijo, y siguió su camino.

¡Lurigancho! ¡Cuántas veces había visto reportajes televisivos y periodísticos sobre ese lugar! ¡Una cárcel violenta en donde hasta a las visitas las asaltaban! ¡Taitas, corrupción, violencia, cicatrices, droga!  Comencé a temer que me habían mentido con lo del penal de Ancón y que mi verdadero destino era ése.

Trajeron más gente. Todos parecían conocerse, todos se saludaban. El ambiente era festivo: bromas, abrazos, cigarrillos.  Los únicos serios y silenciosos éramos el estibador y yo, tratando de pasar inadvertido. Me preguntaba por qué estaba en el penal de Lurigancho y no en Ancón. Me preguntaba por qué todos estaban tan despreocupados si, habiendo sido detenidos, estaban pasando por una situación como la mía.

— ¿Y viste cómo se vestían los faites? —me diría alguien semanas después, cuando contaba esta historia—. Van súper elegantes, con ropa de marca y zapatillas finas. No parece, pero son de lo más bravo que hay.

En ese momento no tenía idea de nada. Luego me enteraría de que todos ellos ya estaban cumpliendo condenas y que los habían llevado desde sus respectivos penales, para que cumplan con las diligencias judiciales que se hacían en Lurigancho.  Por eso se vestían bien: para dar buena impresión a los jueces. Por eso los saludos: se habían visto las caras muchas veces.  Por eso lo despreocupados: ya estaban presos.

Me acerqué al estibador y le pregunté si sabía qué hacíamos en Lurigancho. Me dijo que de allí nos enviarían a nuestro destino final, pero que no sabía cuándo.

Me senté en un rincón con la cabeza gacha. No quería ver, ni que me vieran. Pensaba en lo absurdo de mi situación ¡en Lurigancho! ¡por un delito que no cometí! . Eso pasaba en las novelas, no en la vida real. Pero me estaba pasando.

Sentí que alguien se sentaba a mi lado: era uno de los dos faites que había entrado al principio.

Me miró fijamente.


(Siguiente entrega: "5. Lurigancho (continuación)")

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